Algunos expertos creen que los humanos modernos deberíamos comer lo que comían nuestros antepasados en la Edad de Piedra. El menú, sin embargo, quizá sea una sorpresa.
Es hora de cenar en la Amazonia boliviana, y Ana Cuata Maito remueve una papilla de plátano y mandioca dulce sobre el fuego que arde en el suelo de tierra de su cabaña techada de paja, mientras aguza el oído para oír a su marido en cuanto regrese de la selva con su escuálido perro de caza.
Con una niña enganchada al pecho y un hijo de siete años tirándole de la manga, es la viva imagen del agotamiento cuando me dice que ojalá esta noche su marido, Deonicio Nate, traiga algo de carne. «Los niños se ponen tristes cuando no hay carne», dice a través de un intérprete.
